APUNTES A PROPÓSITO DEL PENSAMIENTO CRÍTICO Y LOS POSGRADOS EN CIENCIAS SOCIALES

APUNTES A PROPÓSITO DEL PENSAMIENTO CRÍTICO Y LOS POSGRADOS EN CIENCIAS SOCIALES

Texto elaborado para el “Conversatorio: transformaciones mundiales y educación”, llevado a cabo el 21 de septiembre de 2017 en el marco del IV Simposio sobre Regionalismo Sudamericano que organizara el Instituto de Integración Latinoamericana de la Universidad Nacional de La Plata

Una de las preguntas más frecuentes que nos formulamos los docentes en el nivel de la educación superior o de posgrado dentro del campo de las ciencias sociales, es por qué resulta extremadamente difícil promover desde allí un pensamiento crítico. Intentaré dar una respuesta sólo tentativa en tanto apenas estará sostenida por algunas aventuradas asociaciones de ideas. Pero previamente permítanme una extensión del ejercicio, incorporándonos a nosotros mismos a ese universo de sujetos reacios al pensamiento crítico, al menos en la medida que rehuimos el azaroso itinerario que puede conducirnos (o no) a un descubrimiento. En este sentido, estamos simulando: con mayores o menores formalidades o volteretas lógicas, lo usual es que se trate a toda costa de sortear la inquietud que despierta lo desconocido para llegar, después de rodeos metodológicos a una especie de “redundancia inconfesada”, esto es, confirmar lo esperado (y deseado) (1).  Y parecería que al estrecharse progresivamente los márgenes de la racionalidad en el mundo económico y social con el cual debemos lidiar, se nos hace cada vez más insoportable incorporar la incertidumbre como constante.

Pero esta especie de aversión al riesgo intelectual contrasta con el acervo cultural de nuestro tiempo. Tenemos a la mano todos los instrumentos adecuados para poder afrontar aquellas incertidumbres en la búsqueda del conocimiento. Hasta me permito señalar que la filosofía y las ciencias sociales se anticiparon a las ciencias duras del presente con ejercicios elaborados ya no a partir de sucesivas exploraciones y conjeturas sino desde el asombro y la incredulidad: el materialismo dialéctico pero también corrientes historicistas no marxistas (desde antes pero también después de Marx) encontraron su estímulo teórico en la confrontación con tipologías instaladas (2).

A partir de la segunda mitad del siglo XX la biología molecular y las derivaciones matemáticas y físicas en el área de la electrónica se desarrollaron al punto de rodear el mundo con una trama de incógnitas y sorpresas generadoras de nuevas incógnitas y retroalimentando así la cadena  del conocimiento y sus aplicaciones sin límites a la vista.

En esta instancia y con semejantes desafíos, cualquier sacralización o reificación (3) del conocimiento instituido debería ser desechada por improductiva. Entonces ¿cómo justificar dentro de nuestras pretenciosas “ciencias sociales” los obcecados apuntalamientos de construcciones teóricas y conceptuales cuyos cimientos sabemos que están ostensiblemente fracturados? Lo más sorprendente quizás consista en el uso de recursos discursivos que no necesariamente responden a ideologías, contra-ideologías y, menos aún, a una invocación de  “conciencia” (4). Así, desde distintas perspectivas en las ciencias sociales estamos cada vez más habituados a esquivar el juego peligroso de la incertidumbre. Sin embargo, me atrevo a sugerir la recuperación de algunos términos teóricos.

Empecemos por asumir que hemos perdido pie dentro de la vorágine. ¿Cómo recuperar el equilibrio y plantarnos otra vez en este mundo de TRANSFORMACIONES? La biología molecular y la ingeniería genética no han hecho mella en las ciencias sociales. La sola imagen de una  forma que deviene otra forma nos parece por lo menos inasible (y cuando no, aterradora). Por eso las figuras referidas a la economía, la política y la sociedad que ocupan nuestras pantallas son in-variables o a lo sumo se reproducen bajo el patrón de una elemental cariocinesis, dando lugar a calcos o réplicas en distintas escalas. En todo caso reservamos la historicidad para el contexto, generando una ilusión cinemática proyectada sobre el fondo del escenario en cuyo primer plano lucen las figuras protagónicas: aunque cambien condiciones o circunstancias, el “capitalismo”, el “imperialismo” el “Estado”, las “empresas”, los “formatos” o “esquemas” de integración económica siguen ostentando las mismas vestiduras conceptuales de otros tiempos.

A su vez esta dificultad -muchas veces insuperable- para reconocer una transformación, se debe a que resulta inquietante concebir la transformación como resultado de vínculos o relaciones REPRODUCTIVAS. En cambio, las ciencias sociales de nuestro tiempo suelen disociar “interacción” por un lado y “cambios cualitativos” por otro lado (5). Es intelectualmente muy costoso aceptar que se vienen produciendo cambios sustanciales en la entidad de todas y cada una de las figuras mencionadas más arriba como consecuencia de su misma interacción.  Cabe recordar que, sin contar los textos de K. Marx referidos a la acumulación y reproducción histórica del capital, esta forma de pensar acerca de las propiedades transformadoras activadas por un proceso de reproducción es la más habitual tanto en el trabajo de laboratorio de la biología molecular y la ingeniería genética, como en la física y sus aplicaciones electrónicas e informáticas. Y saltando a nuestro propio campo no puede pasarse por alto que desde Lévi-Strauss se reconoce al tabú del incesto como el punto final de la horda y el pasaje a sistemas propiamente sociales, lo que implica: práctica difundida de la reproducción sexual exogámica, esto es, transformación (diversificación del material genético) por vía de la reproducción.

Habría que confrontar la idea de transformación a través de la reproducción con el pensamiento tan ancestral como práctico  –y que se infiltra en los claustros- de imputar las transformaciones a determinaciones causales externas, es decir, a la intervención de agentes que en sí mismos no parecen afectados por las transformaciones que generan (6).

Quizás rechazamos la idea de transformación reproductiva de las entidades, agrupamientos y formatos que constituyen el objeto de las ciencias sociales porque presumimos el advenimiento de un desorden global sin retorno. Ante semejante perspectiva es entendible la reticencia.  Pero ¿cómo desautorizar esta inquietud? Otra vez vienen en nuestro auxilio las ciencias “no sociales” para advertir la función decisiva que cumple un orden inmanente a las transformaciones: el de la MEMORIA (sea genética o algorítmica). En estas áreas las transformaciones son concebidas como resultado de la interacción, pero sobre la base de instrucciones o mandatos (genéticos; algorítmicos) para perseverar en la difusión de las propiedades o funciones que caracterizan a la especie o materia que se reproduce y transforma. Si tales propiedades o funciones pueden ser efectivamente preservadas, la reproducción opera como forma de transformación progresiva en términos de una creciente complejidad. Y si las propiedades o funciones no pueden ser preservadas por defectos insalvables en esa memoria, sólo entonces sobreviene la dispersión.

Ahora bien, así como el desarrollo de las “ciencias no sociales” demuestra que la memoria genética y algorítmica puede ser objeto de manipulación humana, en las ciencias sociales deberíamos preguntarnos si las transformaciones históricas de nuestros objetos de análisis responden a una especie de instrucción o mandato, aunque distinto del voluntarismo “político” que suelen postular los intérpretes del pensamiento autoritario. Desde la perspectiva de lo ya “transformado” se manifiesta una memoria expuesta por huellas, marcas o rastros. Es obvio que estas huellas son las que definen a las culturas humanas: cada objeto cultural es inteligible porque da testimonio en tanto huella (7).

Quizás al visualizar una MEMORIA en las transformaciones observadas desde las ciencias sociales podría facilitarse la formalización de interacciones de distintos factores, entidades, agrupamientos o formaciones que fuesen materia de análisis. Por ejemplo, enfocando la situación latinoamericana, recientemente me atreví a esbozar cuáles serían las transformaciones estructurales de las empresas transnacionales en los últimos años, como resultado de su interacción con los Estados nacionales donde se asientan sus filiales. En el curso de esa interacción me pareció advertir que tales transformaciones estructurales estarían dirigidas, al menos hasta cierto punto, a la preservación o a la reconversión funcional tanto de las empresas como de los Estados nacionales que las hospedan. Y dichos cambios regenerativos se irían gestando en el marco de un modo de producción global cuya trayectoria parece indicar la agudización y aceleración de sus contradicciones internas que aquella misma interacción precisamente vendría a poner de manifiesto (8).

Volviendo al principio, a la pregunta sobre el por qué tiene un costo tan alto recuperar  el juego de nociones fundamentales para desarrollar pensamiento crítico, me atrevo a conjeturar:

  1. En lugar de TRANSFORMACIÓN sucumbimos ante los hechizos de la “repetición”, esto es, de las rutinas y los rituales que garantizan aquellas rutinas (9). Inclusive al concebir las innovaciones tecnológicas, imaginamos que los cambios, aunque inevitables, ocurren a modo de brechas o “saltos” tecnológicos, pasando de un orden de estabilidad a otro y así pudiendo recuperar una  y otra vez la certeza de nuestras rutinas y rituales (10).
  2. En lugar de REPRODUCCIÓN a través de la interacción, adscribimos al universo de sujetos aislados y autosuficientes aún para replicarse a sí mismos y hasta mutar hacia entidades sobrehumanas (designadas por el apócope “cyborg”) bajo la simbología que alimenta una vasta literatura sobre células-madre; clonación; incorporación de inteligencia artificial….
  3. En lugar de MEMORIA preferimos enajenarnos de ella y portarla mediante dispositivos electrónicos. En tanto sujetos de conocimiento creemos que no hay otra cosa para memorizar que las claves de acceso a la memoria transferida a dichos dispositivos.

A modo de síntesis, me permito sugerir que la inhabilitación para el pensamiento crítico resulta de la opresión que nos va llevando al aislamiento y al vaciamiento humano, con el fin anestésico de adecuar el desempeño mental a las condiciones propias de un modo de producción que tiende a disolverse (11).

Si esto fuera cierto, el pensamiento crítico ya no sería opcional, sino más bien una receta para la salud mental. Y a fin de ponerlo en práctica deberíamos sortear el obstáculo representado por aquellos condicionamientos acudiendo a un juego de nociones tan antiguas como fructíferas en la historia de las culturas humanas: “reproducción”,  “transformación” y “memoria”.

Marcelo Halperin

Setiembre de 2017

Referencias

 

(1) Las “demostraciones científicas” preanunciadas se justifican mediante un argumento repetido: nuestras ciencias sociales deben enfrentar dificultades metodológicas que parecen insuperables. Sin embargo no es común encontrar, junto a las conclusiones de los trabajos,  advertencias exhaustivas que prevengan en cada caso acerca de dicha vulnerabilidad. Y en consecuencia tales “demostraciones” suelen mostrar un brillo discursivo que no se compadece con su intrínseco valor teórico. Para recorrer la extensa gama de limitaciones posibles (y entender por qué suelen disimularse) es aleccionadora la lectura del  minucioso libro de Gregorio Klimovsky y Cecilia Hidalgo: “La inexplicable sociedad. Cuestiones de epistemología de las ciencias sociales”, A-Z editores S.A., Buenos Aires 2001.

 

(2) La raigambre histórica que marcó a los fundadores de la sociología pasó al aparente segundo plano cuando la disciplina se consolidó con pretensiones “científicas”, acompañando la trayectoria de una burguesía montada sobre sucesivas revoluciones industriales. En este segundo momento la clave del dinamismo se tornó en clave de cohesión o consistencia y por lo tanto de legitimación para las estructuras sociales. Quedaron así formalizadas distintas “tipologías”. En ellas, el sustrato (“sociedad militar” en H. Spencer; “acción tradicional” en Max Weber; “comunidad” en Toennies; “solidaridad mecánica” en Durkheim; “residuos” en Pareto), evocó una pertenencia social homogénea e igualitaria. Y el término emergente (“sociedad industrial” en H. Spencer; “acción racional” en Max Weber; “sociedad” en Toennies; “solidaridad orgánica” en Durkheim; “derivaciones” en Pareto) reflejó las diferenciaciones progresivas vinculadas a la división del trabajo social. Al postularse la superposición de ambos términos –salvando las particularidades de cada una de las teorías- las sociedades nacionales pudieron ser caracterizadas “sociológicamente”, en la medida que el término histórico de pertenencia operó como el factor aglutinante o de cohesión que asignó legitimidad a los sistemas de estratificación y poder. En tal sentido, véase K. Wolff: “La sociología del conocimiento y la teoría sociológica”, en Llewellyn Gross: “Symposium on Sociological Theory”, Row, Peterson and Co., White Plains, N. York, 1959.

 

(3) “…en el universo de la reificación, el conjunto de las obras del hombre se convierte en extraño para él, aparece como una realidad objetiva, “natural”, cuyas leyes inaccesibles a la voluntad humana poseen el carácter coercitivo y “fatal” de las leyes de la naturaleza” (Joseph Gabel: “Una lectura marxista de la sociología religiosa de Max Weber” en el libro “Presencia de Max Weber”, edición Nueva Visión, Buenos Aires, 1971, página 181). El mismo autor hace una disección del concepto de “reificación” en otro trabajo, cuando apunta que “…la disociación de las totalidades concretas (atomización), la cuantificación de las cualidades (contrapartida de la transformación dialéctica de la cantidad en calidad), una espacialización de la temporalidad concreta y, por último, una lógica antidialéctica (lógica de la identidad pura) aparecen como los rasgos esenciales de la conciencia reificada. Cada uno de estos datos se encuentra en la escala de la psiquiatría individual” (Joseph Gabel: “Sociología de la alienación”, Amorrortu ed., Buenos Aires 1973 página 148).

 

(4) Rigurosamente hablando, hoy no hay ya casi teoría, y la ideología es como el ruido directamente producido por el mecanismo de la inevitable práctica”  (Theodor W. Adorno: “Crítica Cultural y Sociedad”, traducción castellana de Manuel Sacristán, ediciones Ariel, Barcelona 1970, página 222).

 

(5)  “No toda interacción produce un cambio cualitativo; sólo el tipo de interacción  “inter-penetrante”, caracterizado por las modificaciones CUALITATIVAS recíprocamente determinadas en sistemas HETEROGÉNEOS inter-actuantes, puede recibir con propiedad la denominación de dialéctico” (Mario Bunge: “Causalidad. El principio de causalidad en la ciencia moderna”, Eudeba, Buenos Aires 1972 páginas 178 y 179).

 

(6) “El principio causal es un caso particular del principio de determinación: se aplica, esencialmente, cuando la determinación se realiza en forma UNÍVOCA o inequívoca por condiciones EXTERNAS” (Mario Bunge: “Causalidad. El principio de causalidad en la ciencia moderna”, citado, página. 38.

 

(7) A propósito de la operación compleja por la cual el ser incorpora lo mismo que “supera” mediante su movimiento de transformación, ante todo habría que reparar en la Filosofía de la Historia de Hegel: el ser erigido como “síntesis” recobra en su seno las abstracciones finitas (lo otro), esto es, niega la antítesis. Al consumarse, parecería volver al punto de partida o instancia inicial del vacío. Pero la consumación supone, precisamente, una “operación dialéctica llamada “aufhebung” (elevación, preservación, cancelación, superación) traducida por Derrida como “releve” (mediación)” (Friedric Jameson: “Valencias de la dialéctica”, Eterna Cadencia ed., Buenos Aires 2013 página 122). El mismo Jameson advierte que esta idea no quedó circunscripta al idealismo hegeliano, sino que adquiere renovado impulso con la noción de “huella” trabajada por el mismo Derrida: “…me refiero al pensamiento, si se lo puede llamar así, o , mejor y más neutralmente, al fenómeno de la “huella”, eso que es presencia y ausencia a la vez, pero de un modo no dialéctico, y que aparentemente el Espíritu Absoluto no puede percibir ni registrar, mucho menos tolerar” (F. Jameson, obra citada, página 128).

 

(8) “Las empresas transnacionales en el escenario latinoamericano del capitalismo tardío”, en Revista Aportes para la Integración Latinoamericana, año XXIII número 36, junio 2017.

 

(9) “…Esta insistencia ciega e indestructible de la libido es lo que Freud llamó “pulsión de muerte”, el nombre freudiano que paradójicamente designa su opuesto, la forma en que la inmortalidad se inscribe en el psicoanálisis: un exceso de vida siniestro, un impulso de muerto-viviente que persiste más allá del ciclo (biológico) de la vida y de la muerte, de la generación y de la corrupción. Freud identifica la pulsión de muerte con la “compulsión de repetición”, un impulso ominoso a repetir experiencias dolorosas del pasado que parece exceder las limitaciones naturales del organismo y persistir más allá de su muerte” (Slavoj Zizek: “Como leer a Lacan”, Paidos, Buenos Aires 2008, página 71).

 

(10) La obsesión por ordenar y simplificar la información es de por sí un obstáculo para encarar los riesgos representados por la sola idea de “transformación” especialmente cuando ésta última viene asociada a la idea de “aleatoriedad”: “…Cuanto más aleatoria es la información, mayor es la “dimensionalidad” y, por consiguiente, más difícil de resumir. Cuanto más se resume, más orden se pone y menor es lo aleatorio. De aquí que la misma condición que nos hace simplificar nos empuja a pensar que el mundo es menos aleatorio de lo que realmente es (…) Resulta interesante que el propio deseo de orden se aplique a los objetivos científicos: lo que sucede es que, a diferencia del arte, el objetivo (declarado) de la ciencia es llegar a la verdad, y no el de proporcionarnos una sensación de organización ni el de hacer que nos sintamos mejor. Tendemos a usar el conocimiento como terapia (…) El mundo ha cambiado demasiado deprisa para nuestra constitución genética. Estamos alienados de nuestro entorno” (Nassim Nicholas Taleb: “El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable”, Editorial Paidos, 2014, Barcelona, España, páginas 123, 124 y 143). A propósito de la tendencia a usar el conocimiento como recurso terapéutico, en la nota de pie de página que sigue me atrevo a relacionar los hallazgos del mismo N.N. Taleb con una transposición al campo cultural del enfoque psicoanalítico sobre los traumas del nacimiento y la muerte.

 

(11) Parecería que la inversión de términos teóricos que caracteriza las tipologías instaladas por la sociología clásica o analítica, según se recuerda más arriba siguiendo a K. Wolff, tiende a exacerbarse a medida que el modo de producción capitalista ingresa en una fase de crisis profunda. Esto es: los “científicos sociales” se tientan con la perspectiva de reforzar el valor de los fundamentos históricos en tanto predeterminaciones necesarias de un modo de producción (que es también un modo de reproducción) al que a su vez se le imputa inédito dinamismo. Aquel refuerzo del fundamento histórico abonaría lo que N.N. Taleb llama “la prueba silenciosa” (obra citada, página 220), un supuesto del pensamiento según el cual si algo no ha ocurrido se debe considerar como que jamás pudo haber ocurrido. Y la exacerbación del dinamismo social estaría dado por otro supuesto, también examinado por Taleb: “la aleatoriedad escalable” (obra citada, página 234 y ss.), que llama a seguir esperando indefinidamente la ocurrencia de un hecho que debió haber ocurrido pero que no se produjo dentro de los términos anunciados. Me permito transpolar el problema de “la prueba silenciosa” y cotejarlo con el trauma de la concepción y del nacimiento individual, en el sentido que el sujeto procura imaginar su propia existencia como una necesidad y no como fruto del azar. Y con el mismo atrevimiento me permito transpolar el problema de la “aleatoriedad escalable” y cotejarlo con el trauma de la muerte, en el sentido que el sujeto se esfuerza por imaginar que su vida individual no será interrumpida. Pasando ahora al plano social, subo mi apuesta e intento un nuevo ejercicio de asociación mental: el modo de producción sublimado por la cultura y luego por las mismas “ciencias sociales”, cuando entra en crisis se supone que requiere un refuerzo de las defensas narrativas, imaginándose colectivamente como necesidad histórica (la prueba silenciosa: no pudo haber sido distinto de lo que es) y sin límites temporales (aleatoriedad escalable: no renunciar y seguir esperando indefinidamente las promesas anunciadas).